Vuelve el frio y regresan los guisos caseros de pueblo
Cuando el frío empieza a hacerse sentir en San Antonio de Areco, el pueblo cambia de ritmo y también de aromas.
Con una raíz profundamente campera, las cocinas vuelven a encenderse desde temprano y, casi sin darse cuenta, las ensaladas livianas del verano quedan de lado para dar paso a platos más calóricos, de esos que abrigan desde adentro.
Es la temporada en la que la comida de olla, heredada de la vida de campo y de las largas jornadas rurales, vuelve a ocupar el centro de la mesa.
El locro aparece como protagonista indiscutido: espeso, humeante, con maíz, porotos y carnes que se cocinan a fuego lento durante horas, como se hacía en las viejas cocinas de estancia.
A su lado, los guisos —de lentejas, de fideos o el clásico guiso de arroz de la abuela— recuperan ese lugar entrañable de plato rendidor, pensado para muchos. No falta tampoco el guiso de mondongo, profundo y sabroso, ni el puchero, con su mezcla generosa de verduras y carnes. Son recetas nacidas de la necesidad de alimentar bien en el campo, con lo disponible y sin apuro, que hoy siguen vigentes en cada hogar arequero.
En muchas casas, el chorizo a la pomarola suma su perfume a la escena: una olla sencilla pero llena de carácter, donde también asoma la huella inmigrante que se mezcló con la tradición criolla. Así, cada plato cuenta una historia distinta, pero todas confluyen en una misma identidad: la de una cocina simple, abundante y compartida.
Porque si algo tienen estas comidas es que siempre parecen pensadas para uno más. En Areco, cuando el frío aprieta, nunca falta un plato extra por si llega un visitante imprevisto.
Y alrededor de la mesa, entre cucharones y vapor, suelen aparecer también un buen vino y una charla sin apuro, como parte inseparable de esa costumbre bien campera que vuelve, intacta, cada otoño.
