Un pueblo sin contaminación visual de carteles en el centro

 Un pueblo sin contaminación visual de carteles en el centro

En San Antonio de Areco, hasta los carteles tienen reglas propias. Y no es casualidad: buena parte de esa identidad visual que distingue al pueblo —con fachadas antiguas, veredas angostas y un casco histórico que parece detenido en el tiempo— se sostiene gracias a normas específicas sobre cartelería urbana.

La reglamentación surge de ordenanzas municipales dictadas especialmente para preservar la estética tradicional de Areco y evitar la contaminación visual en los espacios públicos y comerciales, principalmente el casco histórico y el centro, donde las exigencias son mucho más estrictas que en otros barrios o sectores periféricos.

Por eso, en las zonas céntricas y más protegidas, los comercios no pueden colocar cualquier tipo de cartel.

La cartelería debe respetar tamaños reducidos, ubicarse paralela a las fachadas o sobresalir apenas unos centímetros, y utilizar materiales considerados “tradicionales”, como madera, chapa, vidrio, cerámica o hierro.

Además, los carteles luminosos están prohibidos: pueden estar iluminados, pero no emitir luz propia. La idea es evitar estructuras modernas o estridentes que rompan con la armonía visual del pueblo.

La reglamentación también limita la cantidad de carteles: en general se permite uno por comercio, y solamente pueden figurar el nombre y el rubro del local, obligatoriamente en castellano. Incluso existen restricciones sobre colores, tipografías y formas.

En plazas, paseos y espacios públicos directamente no se permite instalar publicidad comercial, salvo casos excepcionales autorizados especialmente.

Detrás de estas disposiciones hay una decisión clara: conservar el carácter histórico de Areco frente a una estética urbana cada vez más uniforme y dominada por la publicidad.

Mientras en muchas ciudades los carteles gigantes, pantallas y marquesinas avanzan sin demasiados límites, Areco eligió otro camino. Uno donde la identidad visual también forma parte del patrimonio y donde, muchas veces, un pequeño cartel de madera dice más sobre el pueblo que cualquier pantalla brillante.