Las esquinas sin ochavas de Areco, huellas del pasado que siguen vivas

 Las esquinas sin ochavas de Areco, huellas del pasado que siguen vivas

En Areco todavía hay esquinas que invitan a frenar el paso y mirar dos veces. Son pocas, pero inconfundibles: las esquinas sin ochava.

No es un descuido ni un capricho arquitectónico, sino una huella del tiempo, una manera silenciosa de contar cuántos años lleva ese rincón mirando pasar la vida del pueblo.

La ochava —o chaflán— empezó a imponerse en 1821, cuando Bernardino Rivadavia ordenó recortar las esquinas para evitar choques entre peatones. En aquellas calles de tierra, con vendedores ambulantes cargando sus mercaderías, bastones, escaleras y algún que otro apuro, los encontronazos eran cosa corriente.

Dicen también que se buscaba desalentar a los ladrones que se escondían en las esquinas cerradas, esperando al desprevenido que doblaba sin ver.

Con los años, la ochava se volvió paisaje habitual. Llegó a todo el país y hoy cumple una función clara: mejorar la visibilidad en las bocacalles, tanto para quienes caminan como para quienes manejan.

Detrás de esa decisión práctica también hubo una mirada estética, influida por el urbanismo europeo que marcaba tendencia en el siglo XIX, con ciudades pensadas para ordenar el movimiento y la vista.

Por eso, en Areco, las esquinas sin ochava tienen algo de postal antigua. Son rincones que conservan el pulso de otra época y que muchos vecinos reconocen sin necesidad de nombres ni direcciones.

Allí, el pueblo parece detenerse un segundo y recordar que su historia también se escribe en los detalles más simples del paisaje cotidiano.