La costumbre sagrada de la siesta arequera

 La costumbre sagrada de la siesta arequera

Hay una hora en San Antonio de Areco en la que todo parece aflojar el paso. El sol cae con más peso sobre las veredas y, como si fuera un acuerdo tácito, el pueblo se repliega.

Las persianas bajan, las puertas se entrecierran y el murmullo cotidiano se vuelve apenas un susurro. Es la hora de la siesta, esa costumbre tan propia, tan arraigada, que forma parte del ADN arequero.

Para quienes nacieron acá, no hace falta explicación: la siesta no es sólo descanso, es un modo de habitar el tiempo. Es el ventilador girando lento, la radio bajita, la sombra fresca y el cuerpo entregado a una pausa necesaria.

En verano, especialmente, cuando el calor aprieta, dormir un rato es casi un ritual que ordena el día y renueva las energías para lo que sigue.

A los turistas, en cambio, la escena suele sorprenderlos. Llegan con el ritmo apurado de la ciudad y, de pronto, se encuentran con que entre las 12.30 y las 16 hs. los comercios cierran y el movimiento se detiene.

Algunos lo viven con desconcierto; otros, con el correr de los días, empiezan a entender que no se trata de una ausencia, sino de otra forma de presencia, más calma, más humana.

También quienes eligieron venir a vivir a Areco terminan, tarde o temprano, adoptando esta pausa. Porque la siesta enseña algo simple pero valioso: bajar un cambio.

En un mundo que empuja a no frenar nunca, el pueblo ofrece este respiro como un pequeño lujo cotidiano. Y en ese gesto, tan silencioso como profundo, se revela una de las tantas razones por las que vivir en Areco es, sin dudas, un privilegio.