Invierno y lloviznas: cuando Areco huele a leña

 Invierno y lloviznas: cuando Areco huele a leña

Cada invierno trae consigo un aroma que, para muchos arequeros, vale más que cualquier pronóstico del tiempo. Es el humo de la leña escapando de las chimeneas, el perfume que se cuela entre las calles tranquilas y anuncia que el frío ya se instaló.

Antes de que el gas y la calefacción moderna transformaran los hogares, el invierno en San Antonio de Areco transcurría alrededor de la salamandra, parte inseparable de la vida cotidiana de muchas familias.

Había todo un ritual que comenzaba mucho antes del primer frío. La leña se cortaba, se apilaba bajo la galería y esperaba paciente su turno. Después llegaba el momento de encender el fuego con papel, astillas y algunos troncos bien acomodados, mientras la pava encontraba su lugar sobre la salamandra y el mate acompañaba las conversaciones.

En muchas casas, la cocina era el ambiente más concurrido: allí se tejía, se hacían los deberes, se escuchaba la radio o simplemente se compartía el silencio de una tarde gris.

Con el correr de las horas, el crepitar de la leña y el resplandor anaranjado del hierro encendido se volvían parte del paisaje de los días fríos. Afuera podían caer la helada o la niebla sobre los campos, mientras adentro transcurrían escenas que hoy forman parte de la memoria de varias generaciones de arequeros.

Son imágenes que muchos todavía reconocen como propias y que siguen asociando con los inviernos del pueblo.

Quizá por eso, cuando el aire vuelve a perfumarse con olor a leña, muchos sienten que Areco revive uno de los rasgos más característicos de esta época del año. Y es que, aunque el tiempo haya traído nuevas formas de calefaccionarse, en numerosos hogares reaparecen las renovadas salamandras, las estufas a leña y sus sucesoras, las clásicas Lepen, como parte de una tradición familiar que atraviesa generaciones.

Hay costumbres que no desaparecen: simplemente encuentran nuevas maneras de seguir abrigando la casa y también los recuerdos.