Crespón, el arbol omnipresente en las calles de San Antonio de Areco
En estos días estivales, quien camine por las calles de San Antonio de Areco seguramente habrá levantado la vista más de una vez. Entre las veredas, los frentes de las casas y las esquinas tranquilas del pueblo aparecen esos árboles cargados de flores que parecen pequeñas nubes de colores.
Blancos, rosados, violetas, fucsias o lilas, los crespones salpican el paisaje y le dan a Areco un aire distinto, como si cada cuadra hubiera decidido vestirse de fiesta.
El paisajista y fotógrafo Francisco Rebollo Paz suele señalar que el crespón—un árbol originario de Asia, especialmente de regiones de China, Corea y Japón— es un árbol elegido en muchos pueblos justamente por su belleza. No es de los que dan la gran sombra de una arboleda antigua ni de los que imponen presencia por su tamaño. Su virtud es otra: florecer con generosidad cuando el calor aprieta y convertir cada cuadra en un pequeño espectáculo de colores.
De lejos, las flores parecen racimos livianos suspendidos en las ramas; de cerca, recuerdan al papel crepé por sus bordes ondulados. Y tal vez por eso el crespón se volvió parte del paisaje cotidiano de Areco, acompañando patios, veredas y esquinas sin llamar demasiado la atención durante el resto del año, hasta que llega el verano y vuelve a sorprender.
Con el tiempo, estos árboles terminaron formando parte de la memoria afectiva del pueblo. Están en la cuadra donde uno creció, en la esquina donde siempre se charla un rato más o en la calle por la que se vuelve a casa cuando cae la tarde.
Cada vez que florecen, Areco parece renovarse en silencio, recordando que también en esas pequeñas cosas —una vereda, una sombra breve, un árbol en flor— vive el encanto de la vida arequera.



