Arequero: una forma de decir quienes somos
En San Antonio de Areco, las palabras no son neutras. Cargan historia, paisaje y pertenencia. Y si hay una que condensa todo eso, es nuestro gentilicio. Porque acá no se es “arequense”, ni “arequeño”, ni “arequino”. Acá se es arequero.
El término no nació de una orden escrita ni de una decisión administrativa. Se fue haciendo con el tiempo, como tantas otras cosas del pueblo: por uso, por repetición y por orgullo. Desde el antiguo Pago de Areco, nombrado mucho antes de la fundación formal del pueblo, el nombre fue pasando de boca en boca, de generación en generación, hasta que también encontró su manera propia de nombrar a quienes lo habitan.
En la región abundan los sufijos conocidos. El “–ense” aparece en muchos distritos provinciales y suena correcto, formal, casi institucional. El “-eño” también tiene larga tradición en la lengua, lo mismo que el “-ino”, tan común en pueblos y ciudades cercanas. Sin embargo, Areco eligió otro camino. Y no fue casual.
Arequero no es sólo un gentilicio: es una marca identitaria. Tiene algo de oficio, algo de pertenencia activa. No describe únicamente el lugar de nacimiento, sino una forma de estar en el mundo. El arequero no se reduce a vivir en Areco: defiende su nombre, cuida sus costumbres y reconoce en su historia una herencia que vale la pena sostener.
Por eso, así como el pueblo es celoso de sus tradiciones —del gaucho, del río, de las fiestas, de la vida calma y del trato cercano— también lo es de la palabra que lo nombra. Decir arequero es decir Areco con conocimiento y con respeto. Usar otro término no suele generar enojo, pero sí una corrección suave, casi didáctica, como quien acomoda algo que está apenas fuera de lugar.
No es una cuestión lingüística menor. En Areco, el nombre importa. Importa cómo se dice el pueblo, cómo se dice su gente y cómo se transmite eso a quienes llegan de afuera. El gentilicio funciona como una contraseña cultural: quien lo usa bien demuestra haber mirado un poco más allá de lo evidente.
